TOREROS EN LA TIERRA DEL VINO

EL ARTE DEL TOREO EN LA TIERRA DEL VINO

Creo que no sería justo por mi parte no hacer referencia a dos figuras del toreo, que son de esta misma tierra, uno de ellos de Cubo del Vino y el otro de Mayalde los que, si bien no han sido toreros de primerísima fila, sí que se han codeado y fueron apadrinados por los más grandes.

Me refiero como todos aquellos que descienden es esta tierra saben, a los matadores de toros

Víctor Manuel MARTÍN HERNÁNDEZ de Cubo del Vino y Angelito GONZÁLEZ de Mayalde

 

VÍCTOR MANUEL MARTÍN HERNÁNDEZ

Nació en El Cubo del Vino (ZAMORA), el día 07/04/1948, tomó la alternativa en Barcelona el día 29/06/1967, con Paco Camino como padrino y Manuel Benítez “El Cordobés” de testigo, lidiándose toros de la ganadería Sánchez Fabrés.

Víctor Manuel MARTÍN HERNÁNDEZ

PULSAR para ver biografía

Consiguió salir en una ocasión por la puerta grande de Las Ventas y confirmó su alternativa en esa misma plaza, el día 19/05/1968, con Manuel Cano Ruiz “El Pireo” como padrino y Pedro Benjumea como testigo, con ganado de Fermín Bohórquez, correspondiéndole el toro “Naranjito”.

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Se cortó la coleta en 1982, si bien el día 12/04/2013, celebró su jubilación toreando nuevamente en la Glorieta.

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 PULSAR para ver jubilación en La Glorieta

Sirva esto como resumen biográfico, si bien, nadie mejor que él mismo, puede relatar cómo sintió la vocación de esta profesión, como lo hace maravillosamente en el siguiente artículo:  

PULSAR para ver artículo impreso

Reproducción del artículo DE MONAGUILLO A MATADOR DE TOROS de todoturismo

Con el paso de los años, y si echo la vista atrás… sólo puedo sonreír. Porque mi vida en el mundo del toro únicamente puede traerme buenos recuerdos.

Momentos imborrables de felicidad que me hicieron pensar como un adulto cuando aún era un niño, e ilusionarme y emocionarme como un niño cuando ya he pasado la sesentena. Porque he sido, soy y seré matador de toros. Hasta que cierre los ojos por última vez. Y eso… eso siempre será un orgullo.

Mis tardes para el recuerdo vuelan en el tiempo hasta el comienzo de todo. Yo era un niño y estudiaba en un colegio para ser cura. Parece mentira que fuera por aquel entonces cuando aquel monaguillo, en uno de sus permisos, y por pura casualidad, se encontrara con una entrada para ir a los toros. Se la habían regalado a mi padre, pero no podía ir, así que me presenté en La Glorieta. Creo que todavía no había cumplido los once años. Pero tuve una suerte increíble porque aquella tarde toreaban en un festival, El Viti y Antonio de Jesús.

Lo que allí ocurrió fue tan llamativo para mí, tan especial, que salí de la plaza toreando. Y, ya en casa, cambié el rosario por un mantel y comencé a torear por los pasillos. Todavía puedo ver la cara de mi padre. Y sus palabras: “Este niño está loco”. Pero esa locura no se pasaba. Intenté seguir estudiando, pero fue en balde. Me resultaba imposible ponerme delante de los libros y mi pensamiento estaba en poder torear. Así que me escapaba de las clases para hacer, nunca mejor dicho, novillos, y me acercaba hasta el lugar en el que entrenaban los toreros.

De esta manera, y con 15 años, toreé mi primera becerra. Y fue tal la sensación que puedo prometer que la enfermedad del toro me entró sin solución y sin remisión. Ya no había marcha atrás.

Aún puedo recordar mi primer viaje a Madrid. Yo no había salido nunca de Salamanca y sólo el hecho de montar en tren ya supuso toda una experiencia para mí.

Me dirigía a la capital, junto con un amigo, para alquilar mi primer vestido de luces. Y ahí estaba el niño altiricón y delgaducho que no sacaba la mano del bolsillo ni para rascarse. En el pantalón, a buen recaudo, llevaba 3.500 pesetas, que era un dinero para aquella época. Y puedo prometer que tengo incrustado el olor de la sastrería Linares.

Aquel olor característico no he podido olvidarlo. Ni la ilusión de tener mi primer vestido, aunque fuera alquilado.

Después, debuté sin caballos en Burgos y recuerdo, como si hubiese estado ayer, aquel hotel. Victoria, se llamaba, y podría describirlo a la perfección. Sentimientos, sonidos y olores que tengo metidos en las entrañas. Esa tarde se lidiaron novillos de Clodoaldo Rodríguez y actué junto a Adolfo Rojas y Diego Fuentes. No puedo describir lo que sentí aquella tarde. Corté tres orejas y salí a hombros lo que favoreció firmar una exclusiva para torear 15 novilladas por aquella zona castellana.

Después… vinieron las prisas, que nunca son buenas. Y aunque lo deseaba con toda el alma, al año siguiente debuté con caballos, toreé cuatro veces en Madrid y, entre otras plazas, triunfo en Pamplona, Vitoria, San Feliú, Lloret (que por aquel entonces había una afición bárbara), y al siguiente año triunfo en Barcelona, Zaragoza o Valencia. Y, todo “rodao”, tomo la alternativa en Barcelona de manos de Paco Camino y teniendo a El Cordobés como testigo.

Rápido. Fue todo demasiado rápido. La subida y la bajada. Pero tengo el orgullo de haber compartido cartel con todas las figuras del toreo de entonces en la mayor parte de las ferias importantes de España, Francia y Portugal. De enamorarme del toreo de Antonio Ordóñez. De admirar y gozar de la amistad de Santiago Martín “El Viti”, quien desde siempre fue el espejo en el que mirarme. Y estoy orgulloso de haberme retirado cuando no vi las cosas claras. Y darme cuenta que mi vida debía girar por otros derroteros, aunque siempre en contacto con el mundo del toro, al que sigo ligado bajo el prisma del romanticismo, el cariño y el respeto. Gracias al mundo del toro. Porque en él me hice. Y porque en él, aunque sea desde mi elegida distancia, moriré.

 

ANGELITO GONZÁLEZ

Tomó la alternativa la víspera de San Pedro en la Plaza de toros de Zamora, actuando como padrino Julio Robles y como testigo el Niño de la Capea, siendo tutelado por el primero durante muchos años en los que tuvieron una estrecha amistad, lo cual realmente no sé si fue beneficioso o no para él.

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Conozco bien a Angelito, al que seguramente le han hecho más daño aun otras “cornadas” de la vida, que las de los propios astados, aunque prefiero resumir su trayectoria, con dos artículos de prensa de La Opinión, que la relatan con todo tipo de detalles: PULSAR para ver el artículo editado de La Opinión

Reproducción del artículo de La Opinión LA GLORIA MÁS EFÍMERA…

El último torero zamorano que se doctoró en el coso capitalino

Angelito González reivindica su figura de matador 27 años después de tomar la alternativa y seis días antes de que lo haga Alberto Durán: «Esta profesión es tan bonita que no importa que haya que pagar con sangre»

24-06-2013

CELEDONIO PÉREZ Tarde sudada de junio gastado. Un hombre prieto en seda nacarada y oro se arrodilla sobre la arena, a portagayola. Extiende su capote y espera que irrumpa la fiera puntiaguda. Un segundo, una eternidad, el embroque no hace carne, pero huele a quemado. Una larga cambiada, otra. Aplausos sincopados. Víspera de San Pedro de 1986, Angelito González se juega la vida en la plaza de Zamora. Es lo que hay; los humildes solo vislumbran la claridad cuando ya han consumido un buen trecho del seco camino del dolor. El de Mayalde recibió a sus dos enemigos de la misma manera, de hinojos, pegado al albero, tierra yerma, de alcurnia, que nació para ser acariciada por el rastrillo, para ser cuenco de sangre y triunfo efímero, que la gloria, como la tórtola, siempre vuela rápido.

No se quedó ninguna carta en el bolsillo, puso el pecho y los muslos y el alma a secar. El último, un sobrero de Molero estuvo a un tris de llevárselo al quirófano. Pero el Angelito de entonces no era el de ahora. Era un gato que siempre caída de pie y la fiereza de los bureles hijos de vaca se la pasaba por la entrepierna, que tenía un aire agitanado y unos arrestos como melones.

Cortó una oreja, pero pudieron ser cuatro si no hubiera pinchado como un principiante. Pedro Moya y Julio Robles miraban al de Mayalde: pequeño, con aire de matón de barrio, engallado… «Pero este tío, que bien baja la mano, como acompasa la embestida, que bien lleva embebidos los pitones, parece mentira…, joer con el de Mayalde».

Recuerda todavía, a pesar de las tormentas que han desteñido su vida, el apoyo del entonces presidente de la Diputación, Luis Cid Fontán. «Gastó (del presupuesto de la institución provincial, supongo) cuatro millones de pesetas en entradas, fue a verme media provincia. El empresario, Gutiérrez Puerta, a lo suyo, a ganar dinero… Tuve mucho apoyo de gente de Zamora: Pablo, la familia Colino, Matías…». La lista es larga y se engancha en los jeribeques de la garganta.

El doctorado en la plaza de toros de Zamora fue consecuencia de un ir y venir novilleril con altibajos pero con triunfos sonados. Como el que obtuvo en la Monumental de México o en Las Ventas, donde corto una oreja de ley, alabada por el maestro Joaquín Vidal, en El País: «… Angelito lanceó bien a la verónica… y su faena de muleta fue de torero valiente y enterado… Cuando abrochaba las series con el de pecho no se podía pedir más hondura y autenticidad al muletazo. Unos por bajo, otros de la firma, llevaban el sello de la calidad, y el estoconazo con que culminó su actuación entra en el marco de los volapiés netos y aptos que hayamos visto en toda la temporada». Ahí queda eso.

Ya con el carné de matador se creció y se dejó ver en fiestas y corrillos, que viste mucho el adjetivo de diestro y hay quien pierde el culo y otras cosas para salir en la foto con el torero. Lució lo que pudo en plazas menos relucientes. E hizo el paseíllo con algunos de los toreros de moda: Espartaco, Campuzano, Joselito… Cerró la vieja plaza de Toro (ahora ya rehabilitada) ensangrentando el esportón con cuatro orejas y un rabo. En Aldeadávila de la Ribera, donde estuvo acartelado con Julio Robles y Morenito de Maracay se llevó hasta la pata de uno de sus enemigos. Pero a pesar de intentarlo no pudo confirmar en Las Ventas, la plaza que pone a cada uno en su sitio porque deja hablar al toro, sin quitarle antes el carné de identidad.

El de Mayalde, obrero de nacimiento (qué le pregunten a Benito, hoy excelente vinatero de Fresno, si no hizo buenas faenas entresacando remolacha), se subió a las nubes montado en el caballo de la torería. Y allí conoció a una gavilla bien nutrida de famosos: Emilio Romero, Julio Iglesias, Rocío Jurado, Antonio Banderas… Y se cegó con tanta luz. Pero, según él, mereció la pena: «Esta profesión es tan bonita que no importa que, muchas veces, haya que pagar un peaje de sangre». Saca pecho y enseña a todo el que quiere mirar una placa firmada por la Unión de Empresarios Taurinos españoles con el siguiente lema: «A Angelito González, en agradecimiento a los méritos contraídos en defensa de la Fiesta de los toros, 1982». Va por ustedes y casi saluda montera en mano.

A Alberto Durán, que le va a suceder en el gesto de la alternativa el próximo sábado, le recomienda que le eche muchas ganas. «Esto es difícil, pero compensa todos los sufrimientos. Haces muchas amistades y te encuentras con gente muy cabal. También hay de los otros, claro, pero, al final, cuando haces balance, merece la pena». Él sabrá lo que recomienda, pero su vida ha rodado entre rosales bravíos, repletos de espinas. Y ahí queda una sentencia suya que matiza el consejo al de Villamor de los Escuderos: «En el mundo del toro el único honrado es el caballo, que sale a la plaza con los ojos vendados para no ver lástimas, ay».

La historia taurina de Angelito González, no obstante, se escribe en México. Allí estuvo a punto de llegar a la cumbre del Popocatèpetl (como ya hiciera otro zamorano, Diego de Ordás), pero se quedó abajo por una cornada en el vientre, donde más duele, las que nunca se curan del todo.

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http://www.laopiniondezamora.es/especiales/fiestas-san-pedro/2013/06/humo-perdurable-n255_5_5474.HTML

Reproducción art. LA GLORIA MÁS EFÍMERA Y EL HUMO MÁS PERDURABLE

De la cornada que le rompió las tripas y de otras miserias más que irrumpieron al raso

24-06-2013

  1. P. Maldito sea el 2 de mayo de 1987 y maldita su estirpe. La temporada mexicana iba de cine: 18 corridas y un montón de orejas. Televisión en directo, fama, mujeres, que todo hay que decirlo. El embudo triunfal desembocó en Torreón, y las pompas del éxito parieron cuajarones de sangre. Un morlaco resabiado venteó a traición el vientre del torero de Mayalde. Herida larga. Angelito González, que notó la quemazón acerada del asta, voló entre brazos hasta la enfermería; allí cogió alientos y se escapó de la cama. Volvió al ruedo y dio muerte con rabia a su enemigo (ninguno más que este). Y todavía tuvo temple para lidiar el segundo. Cuatro orejas y un rabo. Televisión y brindis a Isaías Zapata (¿). Sangre.

El dolor siempre se alimenta de soledad y vuela libre por la noche. La cogida fue muy grave. Operación a vida o muerte. Un año de recuperación, fármacos y sudores fríos. El torero quedó hecho un guiñapo. Adiós a México, al relumbrón, al porvenir. Llegaron algunas cogidas más (hasta 10 suma en su geografía comprimida y huesuda) y la miseria tras 450 festejos.

Antes de la sequedad de ahora, Angelito González lidió algunos festivales y ejerció de empresario taurino. Fue el preámbulo a uno de los episodios más aireados de su vida. Tras denunciar que los dineros que le pagaban los ayuntamientos por organizar festejos -14 millones de pesetas, según él-, no aparecían en su cuenta de Caja España (entonces Caja Provincial de Zamora), se encadenó al lado de la sede central de la entidad. Y así estuvo, cual Segismundo calderoniano, «48 días y 48 noches», hasta acabar «reventado». «Fui el primer preferentista, la primera víctima, pero no conseguí nada, mi dinero desapareció, se esfumó y nadie me dio una explicación clara. Fue una estafa y alguien se enriqueció». Se le quiebra la voz y llora con lágrimas fluidas.

A raíz de este episodio, en 1994, que recorrió durante semanas los medios de comunicación provinciales y nacionales (hasta Manuel Benítez «El Cordobés» le brindó un toro por televisión), se organizó un festival en Zamora, donde toreros y ganaderos colaboraron con el diestro local. Otra vez los ojos se bañan en estrellas. «Vino Palomo Linares, Morenito…, los novillos fueron cedidos por Chopera, Matilla, Pedrés, una maravilla, todos se volcaron conmigo…».

Desde hace 20 años, la bola de la desgracia que alimenta la mala suerte o la forma de ser (vaya usted a saber) de Angelito González, no ha hecho más que engordar. Su destino lleva años pegado a la vesania del fuego. Dos viviendas de su propiedad (o tres, que los apuntes a veces bailan y con los años tiemblan), una en Ciudad Rodrigo y otra en Mayalde han reventado, encogidas por el furor de las llamas. «Allí estuvieron los peritos, pero no aclararon el origen…». Nadie sabe nada y es que, a veces, es mejor no saber. En uno de los incendios estuvo en peligro su hijo. ¡Su hijo! Un segundo. Mira al techo de la Redacción y otra vez llora. «Se lo llevaron a México…, tiene ahora 23 años, hace mucho tiempo que no lo veo…». Aquí sí que los recuerdos se hacen visibles, tienen pinchos tan duros que raspan hasta al periodista, que al buscar explicaciones se encuentra un puñetazo de realidad «Sí, sí, estuve unos meses en Topas, en la vida, a veces, te encuentras con gente indeseable. Hubo una pelea y un malentendido, se sumaron las penas; pero, ya ves, hasta en la cárcel hice amigos que conservo. Esa ha sido mi gran suerte, que siempre he tenido amigos…, hasta en el infierno». Su compañera también se fue. Angelito González ha regresado al origen, al útero de la tierra que le dio forma. Y valor. Y bemoles, que eso nadie lo duda. Vive con su madre, que suma 87 años y mucho cansancio. «Estoy arreglando la casa, que quedó hecha una pena tras el último incendio… Está quedando preciosa. Gracias a mis amigos a quien les debo todo».

Hasta ahora no se ha podido jubilar como torero, como lo que es (¿acaso, alguien lo duda?) porque no ha encontrado «papeles» oficiales de todos los festejos que ha lidiado, de sobra para cumplir el mínimo que exige la burocracia oficial. Hasta ha tenido que ir a la vendimia francesa (allí, al final de campaña, lo tuvieron que operar de apendicitis, que ya tiene narices). Punto y aparte. Coge la carpeta, ajada por el mal uso, donde guarda su vida de colorines, repleta de fotos (algunas con puntillas tiznadas por el sentir apagado del fuego). Se va como si no quisiera irse, porque vuelve para puntualizar, dar explicaciones, hablar con esa voz gastada que presta la vida que ha rodado por el asfalto. Aquí, en la Redacción, deja una caja de perronillas de Mayalde. Las mejores del mundo. Junio, más plenilunado que nunca, saca las orejas.

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